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El Arco del Diablo

Miércoles 22 de Febrero de 2012 09:09

Junio, 1970. El medio día toluqueño. Tarde de abolengo. De mito. El mundo observaba. Cuartos de final de Copa de Mundo. Un ejército azzurri, dueño de Europa y tierras adyacentes; un pelotón guinda, cacique en propio terruño, cubierto por los suyos, una masa de 25,000 personas que hinchaban sin importar el sol quemante del verano mexicano; del sol como las mismísimas llamas del infierno. El guardavallas italiano, Albertosi, quedó condenado a atajar de cara al sol durante el primer tiempo; sin saberlo se convertiría en el custodio insigne de la puerta de diablo.

 

El misil a ras de pasto de “La Calaca” González se coló entre sus dedos a pesar de la estirada. 75 minutos después, su homólogo mexicano Calderón lloraba su infortunio. Gigi Riva y Gianni Rivera consumaron la remontada y el derrumbe, a pedazos, de un país en 11 hombres fatigados y fustigados. Los dedos de mantequilla de Calderón impulsaron el enclenque gol de Riva; y un tango armado entre Rivera y Riva, frente a sus narices, burlándose de la desventura, permitió al primero empujar en el suelo el último golpe al corazón. Los demonios rondaban el área cercana al arco del diablo. Goles que jamás debieron serlo. Sueños pulverizados. Falanges súbitamente retacadas de manteca; una maldición en el instante menos idóneo. Los de guinda juraron jamás retornar a la tierra del Dios Tolo, ni aún vestidos de verde, o blanco, o rojo, o negro, para no volverse a encontrar con el arco del diablo.

 



Mayo, 1998. Casi el medio día toluqueño. Una mañana nublada, grisácea; las nubes sollozantes, gruesas y crujientes. Una ligera llovizna cubre una ciudad que se prepara para su gran cita con la historia. Casi 30 años en la sala de espera había soportado el Toluca; encadenado a la nostalgia de tiempos que fueron mejores, forzado exiliado de la gloria, acaparada por la infalible dictadura de aquellos que sí supieron adecuarse al devenir de los tiempos. El diablo envejeció; pero no supo cómo, ni por viejo, ni por diablo. Encaneció. Los títulos le sabían a potaje caduco. Agonizó. Las memorias marchitas pintadas en sepia y claroscuros son tan lejanas como el pasado inmediato, aquél en el que el diablo esquivaba las llamas de su propio infierno.

El equipo de la década, le decían, al Necaxa de Lapuente. Su fútbol como un rayo, eléctrico y asesino. Arrasador. Defendía con la fuerza titánica de un río salvaje; su pegada shockeante bastaba para inmovilizar al rival, le cocinaba las entrañas. Y de pronto una tormenta eléctrica descargó sobre el Estadio Luis Dosal. A cántaros. Ni una sola gota. Al diablo la sangre se le había hervido. Inconsciente. Herido de muerte. El pararrayos se dobló a los 50 segundos, cuando Montes de Oca se plantó ante Albarrán y lo liquidó sin clemencia. Luego, reventó cuando Aguinaga sorteó al errante meta Albarrán, quien salió a cazar mariposas. El ecuatoriano sólo caminó rumbo al arco del diablo, sin resistencia alguna. El diablo estaba atado a una silla eléctrica; magullado. La última descarga había sido letal. Al borde de la muerte, al diablo lo resucitó un fantasma: el de su linaje orgulloso, impulsado por un grito que pronto se transformó en una extensión del himno nacional; aquella alegoría a la épica: “sí se puede”. Paradoja. El diablo exorcizó sus demonios en pleno infierno. Justo frente al arco del diablo, donde hacía algunos minutos el corazón se le había detenido. Cardozo y Abundis labraron la leyenda del demonio exilado del firmamento, juguetón con la muerte, y reinante en lo más alto del cielo, unos tantos años después de su última carcajada victoriosa.

Junio 1999. Un año después de la hazaña, una academia de imberbes jovenzuelos pretendía hurtar el cetro del infierno. Apenas lo asaltaron y demolieron con la primera línea de defensa; Hugo Castillo volvió a incendiar el arco del diablo; 56 segundos, apenas. Herida de muerte, sanada en instante por el genio del diablo mayor; un zapatazo del galáctico Cardozo activó la epopeya. Devino una batalla para los tiempos, definida hasta el último suspiro, tapado por el arquero Cristante. Para el forastero había quedado aprendida la lección. No bastaba con convertir en añicos el arco del diablo para enfriar el infierno.

Diciembre 2000. Una monarquía dorada y bravucona invadió el infierno. Valiente osadía. Nuevo invasor que intentaría llevarse el botín. Bajo el crepúsculo otoñal y un vientecillo helado, el cielo lúgubre y apagado, el arco del diablo fue testigo de la caída del infierno. El guardián Comizzo atajó tres misiles, mientras el revolotear de su cabellera sofocaba las llamas del averno; lo helaba. Heriberto Ramón Morales disparó el tiro de gracia. Una última bala. Perforó el pecho, atravesó el corazón, y con más eficacia que cualquier estaca bendita. El diablo cayó vencido sobre el pasto gélido y las ruinas de su imperio infernal.

Diciembre 2002. Revancha. Monarquía contra el demonio. El infierno había recuperado su calor. Volvía a ebullir. Déja vu. Y el arco del diablo, otra vez, volvía a caer. Bautista condujo a trompicones un balón muerto, eludió a cuanto rojo le pasara por enfrente, y su impacto torció el manotazo fútil del meta Cristante. 20 segundos. Pero la épica requiere del dramatismo, y un tinte de tragedia, e ironía. El arco del diablo recibió la endeble bolea mordisqueada de Cardozo. Pan comido. No. La estirada de Múñoz quedó corta a un balón de trámite. Para nadie era ya un secreto que aquella portería debía estar embrujada; aunque jamás debería ser exorcizada. Tampoco es un secreto que aquél balón empujado por Cardozo estaba destinado a la inmortalidad. Era el arco del diablo. Todo ya es posible.

Diciembre 2005. La División del Norte prepara un nuevo intento de tomar el infierno. Rayados y gallardos. De melenas azuladas, todos. Nueva batalla en el inframundo. 8 minutos, Franco revienta el arco, una vez más. Luego, Pérez, de penal. Segundo tiempo. Último minuto, “Rengo” Díaz cobra un penal invisible, hecho legítimo por Alcalá; Martínez ataja y el rebote queda a merced del argentino quien marca el empate a pesar de la chuchería de impacto. 3-3. No hay duda; es el arco endemoniado. Y bendito sea.

Y es, dicen, el Nemesio Díez de Toluca, un estadio sin historia. Dicen.

 

 

Escrito por :
Eduardo Enrique López Navarrete
 
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Comentarios  

 
0 # Julio F. Castro Sordo 22-02-2012 09:29
Buen artículo. Felicidades.
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